martes, 29 de marzo de 2011

La casa vieja

Hoy he soñado con la antigua casa de mi abuela. Ha sido muy curioso porque en el sueño yo me sentaba a escribir un post sobre ello. Entonces, mientras escribía, hacía memoria y rememoraba la casa. Y la recordaba tal cual era en la realidad, con muchísimo detalle.

Era una casa muy rara. O por lo menos no una casa al estilo convencional. Tenía varios módulos alrededor de un patio, que en mis recuerdos es muy grande pero en la realidad probablemente no lo es tanto. Para entrar había que subir unas escaleras estrechas, y llegabas al patio, en donde había un árbol en un extremo. El árbol era bastante grande, y toda su base estaba llena de macetas con distintas plantas, todas mezcladas.

Si te ponías de espaldas a las escaleras, a la izquierda estaba el módulo con la cocina y el salón, enfrente los dormitorios, el baño, el trastero, y una tele. Y a la derecha había un baño pequeñito que solo tenía un vater, como las letrinas del oeste. Al lado de ese microbaño había unas escaleras que subían a la planta de arriba, donde vivía otra gente que no recuerdo.

Era una casa muy oscura y muy fría. Y muy antigua. Pero sobre todo estaba llena de recuerdos.
De recuerdos bonitos, como la presencia de mi abuelo, al que no conocí, y del que todos hablan maravillosamente. De recuerdos duros, como su muerte, a raíz de un atropello estando de servicio, mucho más joven de lo que debería haberse ido y con su primera nieta en camino. Se quedó a las puertas de conocernos.

Recuerdos bonitos, como cinco niños nacidos sanos. Recuerdos duros, como una epidemia de meningitis en el pueblo y mi segunda tía contrayéndola con 40 días. No puedo ni imaginarme lo que debe ser tener una niña preciosa, sana, y que con 40 días pille una enfermedad bestial y se quede retrasada. Se me ponen los pelos de punta.

Años más tarde nacimos mis primos y yo. Primero nació mi prima A, y 20 meses más tarde nacimos su hermano G. y yo, con tres días de diferencia. Mis recuerdos de mis primos están casi todos ligados a esa casa, porque cuando construyeron la nueva, en la que mi abuela vive actualmente, nosotros ya eramos adolescentes, y empezamos a distanciarnos. Pero mientras aquella casa fue nuestro punto de encuentro, estábamos muy unidos. Mi prima A era súper pizpireta y coqueta, mientras que yo me debatía entre mi cursilidad innata y mi machonidad, y la admiraba. Y la copiaba, vaya si la copiaba. Mi primo G era terriblemente bruto, tenía los mofletes más gordos de todo el pueblo, y hablaba con una voz grave grave para ser un enano. Recuerdo que tenía un coche de esos motorizados, y nunca me dejaba usarlo el jodío. Lo conducía por el patio con cara de chulo mientras yo lo seguía con cara de pena.

Los dos tenían las paletas enormes y eran en general muy grandotes, mientras que yo era pequeñaja y flacucha. A veces, la verdad, me aburría un poco con ellos. Ellos eran hermanos y estaban acostumbrados a tener compañía, pero yo era una pobre desgraciada hija única, que se pegaba el día dándoles la paliza para que jugaran conmigo.

Recuerdo un día que llegué súper emocionada porque me habían dicho en el cole que los reyes eran...ya sabéis. Previamente yo había contrastado las informaciones antes de ir a chivarselo a ellos, así que les convoqué en una de las habitaciones, muy ufana. Cuando solté la bomba se quedaron unos segundos en silencio y empezaron a partirse de risa de mí. Según ellos lo sabían hacía siglos. Probablemente ese día empezó mi sensación crónica de no enterarme de nada de nada y de ser el bicho más inocente que hay en este mundo.

A veces, en el hueco que había bajo la escalera, poníamos una sábana y hacíamos una caseta. Nos metíamos dentro y jugábamos a cosas, como "la selva de los animalitos", que es el único juego que dejaron que me inventara yo. Y recuerdo perfectamente como elegí ser una conejita (típico de la selva) y mi prima se murió de envidia por primera vez en su vida. Lo recuerdo como un gran triunfo creativo por mi parte. Siempre me sentía súper farsante porque yo imitaba a mi prima en todo, no tenía personalidad. Cuando nos cansábamos de jugar, nos íbamos al sillón de la tele a verla un rato. Cabíamos los tres en él, y eso que era de una sola plaza. El pasillo estaba oscuro, y seguramente me daba miedo, pero allí, al fondo, alumbrados solo por la luz de la tele y con mis dos primos, me sentía perfectamente segura.

Y el trastero...mi parte favorita de la casa. Era una habitación, llena de estanterías, a su vez llenas de cosas, y con unas cortinas tras las que nos podíamos esconder jugando al escondite. Recuerdo que había una escalera plegable y no nos dejaban usarla bajo ningún concepto, así que poníamos la cortina por encima y hacíamos otra caseta. Parece que nos gustaban las casetas.

En la cocina, siempre hacía calor. Era una cocina súper antigua, con un cuadro bodegón de esos de caza, con una cesta, una botella de vino y dos perdices muertas. Yo siempre pensaba "pobres pajaritos". Allí siempre había queso en un plato, nueces en una cesta y muchos plátanos. En los días especiales, que era cuando a ella le daba la gana, mi abuela nos hacía para merendar natillas, las ponía en un plato y encima medio melocotón en almíbar. Parecía un huevo frito y nos lo comíamos encantados.

Al pasar al salón teníamos que tener cuidado con mi bisabuela, que estaba ciega y tenía siempre una bata azul y montones de verrugas. Ella nos detectaba y disimuladamente apartaba sus piececitos en pantuflas y su bastón, para que no la pisaramos y dejarnos pasar. En mi familia siempre dicen que soy clavada a ella. Yo sigo sin ver el parecido pero, claro, ella tenía verrugas y estaba la leche de vieja... quizá poniéndome una bata azul...

En esa casa estaba yo el día que mi hermano nació. También estaba allí el día que nació la hermanita de mis primos, unos meses más tarde, muy enferma. Y en esa casa vi a mi prima llorar cuando le dijeron que tras un mes de viajes y operaciones, la pequeñita había muerto.

Una casa, que cuando abandonamos, mi padre me preguntó:

- Pétalo, no te da pena?
- No, por qué? La casa nueva es súper guay!

Y si, la casa nueva es muy guay, pero hoy, sin saber por qué, he entendido por qué le daba pena a mi padre abandonarla.

Y después de 15 años he sentido pena yo también. Por la casa vieja, por la acequia, por mis primos, por el árbol, y por todo lo que vivimos allí.

6 comentarios:

  1. Jo... ¡que me pones nostálgica, maldita! Ya no te ajunto... ¬¬

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  2. Y esa casa ya no está? bueno lo importante son los recuerdos!
    Muak!

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  3. Todos tenemos una casa así, sólo hay que recordarla :)

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  4. Como dice Sirenita, lo importante son los recuerdos. La casa de mis abuelos todavía existe, pero como ellos ya no están y está vacía, cuando voy allí ya nada es lo mismo, quedan los recuerdos de infancia y adolescencia, que es lo importante, lo asociado para mí a esa casa. Muy bonito el post, ahora me quedo recordando.

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  5. A mi me impresiona todo lo que sueñas. Yo recuerdo quizás 3-4 sueños al año. De resto, nanai.

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  6. La casa de mi abuela no tenía trastero, bueno si, un desván... mal rollo mal rollo, ahi vivia Samael.

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