domingo, 3 de abril de 2011

Nice day for white wedding


Esta historia es una historia de mucha, mucha pena. De pena infinita, como diría alguien que yo me sé. Siempre supe que no había sido un día especialmente feliz para mi madre, pero, el viernes por la noche, mientras cenábamos las dos solas en un restaurante muy chulo, me contó cosas que no sabía.

Resulta que aquí la que os escribe, pequeños pajarillos, Pétalo Flores, es fruto de la lujuria adolescente y el sexo antes del matrimonio. Puag, sexo, padres, puag, puag, puag. Pues sí, casi salgo bastarda. Pero remontémonos un poco. A mis abueletes, tan guapos ellos.

Mis abuelos maternos son unos viejitos adorables y muy cariñosos, he hablado muchas veces de ellos, pero la verdad es que las historias que cuentan mis tíos y mi madre sobre ellos más jóvenes son bastante terroríficas. Eran gente humilde y que trabajaba muchísimo, con valores muy estrictos que intentaron transmitir a sus cinco hijos. Mi madre fue la mayor de los cinco, y, a la pobrecita, le tocó nacer con la personalidad de alma cándida de esas que dan cantidad de penita. Como una especie de Jane Eyre boba. Era inocente, inocente, y con mis abuelos como padres, que eran cariñosos pero súper estrictos, esa candidez se acentuaba trillones. Mi madre, desde que tuvo 12 años, tenía que encargarse de todos sus hermanos. Al principio eran tres, los dos pequeños más malos que mandados a hacer, y mi madre se encargaba de cuidarlos y de que sobrevivieran hasta que mi abuela llegara de trabajar y demás. Mi madre iba al colegio, cuando llegaba al mediodía a casa le servía la comida a sus hermanos y a su padre, fregaba todos los platos, comía ella, limpiaba el polvo de toda la casa y se iba de nuevo al colegio. En verano iba a la costura a aprender a coser. Todo esto mi madre lo acataba sin problemas, para ella era la normalidad y ni siquiera se planteaba el protestar o el expresar sus inquietudes. Siempre cuenta como se rieron de ella cuando quiso comprarse un cepillo de dientes. Exacto, un cepillo de dientes. Se reían y le decían "que fina, un cepillo de dientes". El tercer mundo. Estoy hablando de hace 30 años, no os creáis que hablo de principios de siglo.

Cuando se echó novio, en el instituto, mi abuelo la ataba cortísimo. Tenían un toque de queda estricto y mi abuelo le tenía bien puestos los puntos sobre las íes a mi padre. Por eso cuando mi madre se quedó embarazada, fue todo un drama. Mi madre era la niña perfecta, obediente en todo, sumisa, y se había quedado embarazada sin casarse. Mi abuelo se disgustó tanto que empezaron sus problemas de corazón. Mi abuela lloraba por las esquinas. Mi padre aguantaba las broncas como podía y mi madre sentía, una vez más, que les había decepcionada. Yo me concentraba en chupar nutrientes y alcanzar mi actual belleza. Yupiiii, va a nacer Pétalo, estamos todos súper alegres!!!

Total, que se decidió que se casarían, como mandaban las costumbres de la época. Las malas lenguas dicen que en el fondo mi madre se alegraba de quitarse de encima tanta presión, pero eso es secundario. La madre de mi abuelo, llamó a mi madre y le dio una cantidad de dinero. Le dijo "esto es para que te compres todas tus cositas para la boda". - En esta parte de la historia yo estaba ya con la lagrimilla colgándome del ojo, manda cojones que la única con un poco de cariño fuera alguien aún más viejo.- Así que mi madre se fue a una tienda de vestidos de novia, y se compró el más barato. Sola. Lo mismo hizo con el ramo. Fue sola a comprárselo. El más barato. - Llorad, cabrones, que es mi madre con 20 años comprándose sola su vestido de novia, bueno, ahora que lo pienso, sola sola, no, yo iba también, pero era una compañía aburrida en aquel entonces- El resto de dinero lo guardó para comprarse su ropa premamá.

El día antes del feliz día (nótese la ironía), mi abuelo llevó a mi madre a hacer una compra para llevarla a la casa donde iban a vivir, que precisamente era una casa de campo de la abuela de mi madre, la misma que le había dado el dinero. Mi madre, en un arrebato de romanticismo, había comprado una bandeja de sandwiches en una sandwichería muy famosa de aquí de la ciudad, porque a ella y a mi padre les encantaba ir allí a merendar. Entonces ella llevaba su bandejita escondida, y la puso en la mesilla de noche sin que mi abuelo se diera cuenta, para comérsela al día siguiente en la noche de bodas.

Y por fin llegó el gran día. Las primas de mi madre, una de ellas embarazada pero casada antes, fueron a ayudarla a prepararse. La pintaron muy muy poquito, mi madre ni siquiera sabía pintarse ella sola, tuvieron que usar su propio maquillaje. Cuando estaban saliendo por la puerta, mi abuelo, se dio la vuelta para echarse a llorar. Imaginad la escena. Mi madre en la puerta de la casa, y mi abuelo dándose la vuelta para llorar como una magdalena. Mi abuelo, para darle un toque aún más alegre, decidió que era buena idea ponerse un traje heredado de su propio padre, que había muerto un mes antes. Mi madre dice que mientras caminaban por el pasillo de la iglesia el brazo de mi abuelo temblaba. Que ilusión, casarse...me están dando una ganas...en fin, por fin el suplicio terminó. Se hicieron las típicas fotos y se fueron. Ni comieron todos juntos, ni hubo celebración, ni mucho menos luna de miel. Mis padres se montaron en el coche y se fueron a la casa de campo. Una vez allí, vestidos todavía con la ropa de novios, metieron todas las cajas con su ropa dentro de la casa, ellos solos, sin ayuda.

Mi madre se puso el camisón que ella misma se había comprado para la ocasión, que dice que a ella le parecía sexy en aquel momento pero que obviamente no lo era en absoluto, era largo!! Y se dispusieron a comerse los sandwiches que mi madre tan amorosamente había comprado para su primera noche como marido y mujer. Y estaban malos. Se habían puesto malos al pasar un día entero fuera de la nevera. -Ahora sí que estáis llorando, no? Porque mi corazón se hace una pasa cada vez que me imagino esos sandwiches malos, a mi madre con un camisón largo de raso en aquella enorme casa helada y a mi abuelo en la suya poniéndose pastillas bajo la lengua.-

En mi casa nunca ha habido fotos de la boda de mis padres. Y las pocas que he visto, son el horror. No hay ni una cara feliz. Por suerte, con el paso del tiempo, la cosa se relajó. Cuando yo nací, mi abuelo no esperaba que yo le adorara hasta el infinito, y es difícil resistirse a un bebé adorable como era yo. Aún hoy soy su favorita del mundo mundial, y 25 años después, ya nadie se acuerda demasiado de aquel horroroso día.

Por suerte.

5 comentarios:

  1. Que bonito! Una historia muy entrañable de la que te tienes que sentir orgullosa, ya que tu eres la alegria de la historia.
    Muak

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  2. Vale, lo has conseguido.. me he emocionado...

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  3. Ay, chica..Lagrimilla cayendo por el rabillo del ojo..A mí me han dado ganas de organizarle una boda a tu madre (bueno, y a tu padre) por los 25 años de casada..Porque si tú tienes 25, como que es casi que ya, no???? Voto por ello..

    Mali! :)

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  4. Precioso. No puedo decir nada más. En el trabajo estoy, y con la lagrimilla resbalando mejilla abajo.
    Y como ya han dicho por ahí: tú eres la alegría de la historia.
    Un beso!

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