lunes, 24 de noviembre de 2014

Petronila

El día que me enteré de que mi abuela estaba en el hospital me encontré una mosca muerta en mi jersey. Estaba sentada en el sofá, miré hacia abajo, y allí estaba, una mosca muerta sobre mi pecho.

Y supe con certeza que iba a morir.

Ya hace unos meses de esto, mi abuela murió en mayo y ya estamos terminando con noviembre. Y aún no puedo mirar la foto que tengo pinchada en el tablón de mi cocina, no puedo mirarla a los ojos y no apartarlos. Porque recuerdo su mirada cuando vió que había cogido un avión el día después de ser ingresada, cuando me miró y ella también supo que iba a morir. Fuí su mosca muerta.

Pero no escribo esto para hablar de mis sentimientos, para contar que me tortura el recuerdo de su espalda esquelética por ese hueco que dejan los camisones de hospital, o para decir que quería mucho a mi abuela y que el mejor regalo que me hizo ella fue saberlo a pesar de que yo no se lo demostrara como debía.

Quiero contar una historia acerca de ella. De ella y de Petronila:

Mi abuela, de niña, vivía en una casita pequeña en un barranco. Tenía tres hermanos y una hermana. Tenían una vida muy aburrida, sin practicamente distracciones porque para llegar al pueblo o a dónde hubiera gente con la que alternar les tocaba una larga caminata y a veces el tiempo de descanso del trabajo de la tierra no era tanto. Así que cuando iban a ver a sus tías, que vivían en el barranco de enfrente era toda una fiesta. Mi abuela siempre adoró a sus dos tías: Benigna y Petronila. Eran cariñosas con ella y sus hermanos, y supongo que eran un referente joven y divertido.

Cuando mi abuela era adolescente, seguía viviendo en la casita del barranco, pero cada vez pasaba más gente por allí, incluído un joven carretero, que pasaba con su burro de camino al mercado. Mi abuela se metía entre la hierba de delante de su casa para que él no viera que ella no tenía zapatos. No sé cuanto tiempo tuvieron que lanzarse miraditas antes de que él se decidiera a pedir ser su novio. Gracias, abuelo, gracias a eso estoy yo aquí. Gracias por no darle importancia a lo de los zapatos. Como ibas a darsela con esos labios y ese pelo, verdad?

Mi abuela se casó ya un poco mayor para lo habitual en su época porque tuvo que esperar a que los abuelos de su marido murieran, puesto que mi abuelo los mantenía y no podía permitirse mantenerlos a ellos y una familia propia. Un vida extraña en la que los jóvenes mantenían a los viejos y no al revés, como ahora. Cuando los abuelos de mi abuelo murieron, pudieron por fin casarse, pero la madre de mi abuelo seguía viva, así que tuvieron que vivir los tres juntos. Por su suerte mi bisabuela era un tia muy enrrollada, una mujer de bandera, su marido la dejó embarazada y con un niño de dos años (mi abuelo) para irse a Cuba a trabajar y nunca volvió. Allí formó otra familia y ahí te quedas, Carmen. Tuvo una vida muy dura como mujer casada pero sin marido (imaginad: 22 años, no se puede casar de nuevo porque no es viuda y no puede tener amantes porque es un pueblo de mierda en 1930 y la marginarían a ella y a sus hijos), así que apoyaba mucho a mi abuela y fue un pilar importantísimo para ella durante los treintaypico años que seguiría viva, sobreviviendo bastantes años a su propio hijo.

Por otro lado, mi abuela tenía también a su madre viva. Cuando su madre empezó a hacerse muy mayor, la acogió en su casa la hermana de mi abuela. Tendría yo unos 10 años cuando mi bisabuela Carmen (la suegra de mi abuela) se partió la cadera y murió. Para ese entonces, las adoradas tías de mi abuela, Benigna y Petronila, se habían mantenido solteras y estaban también muy mayores. A Petronila hacía tiempo que otro de los hermanos de mi abuelo y su mujer la habían acogido en casa. Pero Benigna, la más joven, que ya estaba casi ciega vivía sola en su casita del barranco. Y qué iba a hacer mi abuela, eh? Dejar a su querida tia morirse sola? Pues no, había quedado una vacante libre en casa así que la acogió. Durante unos cuantos años Benigna ocupó un sillón de honor en el salón de mi abuela. Recuerdo que cuando mi hermano, tambaleante aún pasaba por delante como un terremoto, la pobre apartaba sus piececitos hinchados y su bastón para que él no tropezara. Yo era pequeña, pero ahora me arrepiento mucho de no haber prestado más atención a todas estas personas que conformaban mi pasado y tener que saber de ellas cuando ya están muertas.

Pero volvamos a Petronila. Petronila amaba las flores. Mi abuela amaba las flores y su jardín era no solo su orgullo, sino la envidia del pueblo. Era algo que ambas compartían y que Petronila le transmitió de niña. Pero el hermano de mi abuela y su mujer, que la tenían acogida en casa, tenían problemas. Problemas muy serios. Cáncer y alcoholismo estaban sobre la mesa. Al final el matrimonio se rompió y no había nadie que pudiera acoger a Petronila. Tanto mi abuela como su hermana tenían ya a una viejita en casa. Mi abuela además tenía a una hija deficiente de la que cuidar también. Así que Petronila tuvo que ingresar en un asilo. Fue un duro golpe para mi abuela, que consideraba los asilos el peor de los destinos. Sus mayores, su familia, eran importantísimos para ella. Creo que cuando todos se habían cansado del ambiente opresivo y deprimente de aquel sitio, ella siguió yendo una vez por semana a verla. Recuerdo que alguna vez también me arrastró con ella. Durante ese periodo de tiempo, el hermano de mi abuela de alguna manera consiguió que Petronila firmara testamento a su favor, puesto que ellos la habían acogido en casa. Estoy segura de que esto torturaba a mi abuela más de lo que puedo imaginar. Al final, Petronila murió. Al final, Benigna también murió.

Mi abuela ya no podía hacer nada por ellas. Y para intentar aliviar el sentimiento de culpa que la embargaba por Petronila, le llevaba flores al cementerio todos los domingos. Flores de su jardín. Nadie hubiera sospechado nunca que aquella tumba era de una señora que murió soltera y sin hijos.

Y entonces este mayo, cuando vestida de negro y sin haber podido soltar una lágrima, aún con el shock de aquellas vertebras que parecían querer atravesar la piel de la que una vez me llevó zumos de naranja a la cama, se me ocurrió comentar que por fin iba a reencontrarse con mi abuelo, sin zapatos ninguno de los dos, me dijeron que no, que ella había pedido que la enterraran con Petronila.

- ¿Petronila? ¿por qué?.
- Porque si no, nadie le volverá a llevar flores.

Y entonces pude llorar. Que maravillosa persona eras. 




16 comentarios:

  1. "Es"... Las personas maravillosas lo siguen siendo aunque ya no estén con nosotros ^_^ tanto... que con historias así, consiguen que se nos escape una sonrisilla cuando más cuesta...

    Un beso fuerte, Pe.

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  2. Joder, qué bonito. La historia y tu forma de contarlo.

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  3. Qué historia más triste y preciosa a la vez...

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  4. Ay, qué bonita historia familiar. Y qué buena mujer. A mí es que las personas que tienen mano con las flores me parece que tienen magia :)

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  5. Que bien escribes jodía. Y que bonito todo, lagrimita.

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  6. Varias cosas de tu abuela me han recordado a la mía, a la Yaya: se casó algo mayor para la época, la pasión por las flores, los zumos de naranja en la cama, su generosidad... y tú me has recordado a a mí misma, pq compartimos la misma pasión por ellas. Enhorabuena :)

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  7. Sabes que no suelo comentar pero joder, me has hecho llorar.

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  8. Me ha dado cierta nostalgia esto. Te felicito por conocer la historia de tus abuelos. No todos tienen esos privilegios.

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  9. Qué suerte hemos tenido con nuestras abuelas, Pe. Lo que duele cuando nos acordamos de ellas, pero qué suerte.

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  10. joderrrrr

    joderjoderjoder

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  11. No había visto esto aún. Está muy bien, Pe, creo que les gustaría mucho si pudieran leerlo.

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  12. Bueeeno, no me ha tocado la lotería, así que solo puedo hacer lo que los demás...Desearte unos días de felicidad, relax y compras compulsivas.
    Pon el orden que quieras.
    Felices fiestas.
    Besazo

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